El estudio fue realizado por el Observatorio de Tendencias Sociales y Empresariales de Insight 21, un think tank de la Universidad Siglo 21. Se aplicó la Escala de Satisfacción con la Vida (SWLS), una herramienta reconocida por la UNESCO y la OMS para evaluar la autopercepción de la felicidad, así como el Inventario de Burnout de Maslach (MBI-GS), que detecta síntomas de agotamiento mental vinculados al trabajo.
El informe señala que la brecha educativa es un factor clave en la distribución del bienestar. La felicidad ha disminuido notablemente entre quienes tienen educación primaria, que solo reportan un 20% de satisfacción. Este grupo también presenta los niveles más altos de burnout, con un 32% de prevalencia. Por el contrario, aquellos con estudios de posgrado no solo muestran un aumento del 15% en sus niveles de felicidad respecto al año anterior, sino que también presentan la menor incidencia de burnout con un 18,5%, destacándose como el grupo con indicadores de bienestar más sólidos.
“La disparidad observada sugiere que el capital educativo actúa como un mecanismo de amortiguación frente al malestar. Los datos muestran una fragmentación del bienestar, donde los sectores con menor formación enfrentan una vulnerabilidad doble: una caída en su realización personal y mayor exposición al desgaste laboral”, indicaron fuentes del Observatorio.
En términos generales, la caída en los niveles de felicidad afecta principalmente a los hombres, que constituyen el 45% del total. Además, los síntomas de burnout han aumentado en todas las franjas de edad, siendo las personas de entre 40 y 49 años y de 50 a 59 años quienes reportan el mayor grado de agotamiento mental, con un 28% y 25%, respectivamente.
El estudio también encontró una considerable cantidad de indicadores de malestar emocional. El 47% de los encuestados se siente nervioso, angustiado o tenso varios días a la semana y un 34% reportó una notable pérdida de interés o placer en sus actividades cotidianas. Estos hallazgos sugieren que el agotamiento laboral está íntimamente relacionado con un estado de ansiedad y desánimo que afecta tanto la productividad como el funcionamiento social.
“Los resultados de este estudio demuestran que el bienestar emocional debe ser una prioridad en la formulación de políticas gubernamentales y en la dinámica organizacional. Es vital reconocer estas dimensiones para fomentar un desarrollo social sostenible, equilibrando las exigencias externas con el fortalecimiento de las estructuras de salud mental, permitiendo a las personas enfrentar con mayor resiliencia las condiciones del entorno”, concluyó Florencia Rubiolo, directora de Insight 21.









