En las últimas tres décadas, unas 1.500 millones de personas dejaron atrás la pobreza y se estima que otras 150 millones podrían hacerlo hacia 2035. Este proceso está acompañado por un aumento sostenido de la producción y el consumo de alimentos a nivel global.
Desde 2010, la producción agrícola mundial creció cerca de un 30% y se proyecta una expansión adicional del 13% hacia 2035. Las manufacturas de origen agropecuario aumentaron un 38% y podrían crecer otro 10%, mientras que el mercado de alimentos elaborados avanzó un 62% entre 2015 y 2026 y tiene margen para sumar otro 43% durante los próximos nueve años.
La evolución también se refleja en el comercio internacional. Entre 2000 y 2025, las exportaciones mundiales de productos agrícolas y alimenticios aumentaron un 390%, en un contexto de crecimiento tanto cuantitativo como cualitativo de la producción de alimentos.
Argentina ocupa una posición destacada dentro de ese escenario. Es el tercer exportador neto de alimentos del mundo, detrás de Estados Unidos y los Países Bajos. Los productos agropecuarios argentinos representan el 2,1% de las exportaciones mundiales del sector, mientras que la participación del país es inferior al 0,5% en energía, minería, industria y servicios.
En productos primarios agropecuarios, Argentina ocupa el cuarto lugar entre los principales exportadores mundiales. En manufacturas de origen agropecuario se ubica segunda y en alimentos procesados, duodécima. La diferencia entre esas posiciones refleja el margen existente para aumentar la generación de valor, profundizar la industrialización y avanzar en la diferenciación de productos.
Cerca del 60% de las exportaciones argentinas provienen del complejo agroindustrial. Sin embargo, después del fuerte crecimiento registrado durante la primera década del siglo, las ventas externas del sector ingresaron en una etapa de estabilidad. Entre los factores que condicionaron su evolución aparecen la caída de los precios internacionales y dificultades internas relacionadas con regulaciones y falta de incentivos para ampliar la presencia en mercados externos.
El país cuenta, al mismo tiempo, con distintas ventajas competitivas. Entre ellas se encuentran la amplia adopción de la siembra directa, la eficiencia del costo por tonelada, la existencia de un complejo agroindustrial de gran escala en el Gran Rosario, las condiciones agroecológicas, la incorporación de tecnología y la disponibilidad de capital humano.
También se identifican cambios recientes en el contexto económico que podrían favorecer al sector, como la reducción de la brecha cambiaria, la estabilización, la disminución gradual de las retenciones, la desregulación y la apertura de mercados sanitarios. A esto se suman las negociaciones comerciales con la Unión Europea, Estados Unidos y otras regiones.
Las proyecciones indican que la producción primaria argentina podría aumentar un 45% hacia 2035, mientras que las manufacturas de origen agropecuario tendrían margen para crecer un 66%. En ese escenario, los ingresos por exportaciones del sector podrían incrementarse un 58%.
Para alcanzar ese potencial, aparecen cinco áreas centrales de reforma. Una de ellas es la reducción de la carga impositiva y la generación de incentivos tanto a nivel nacional como provincial. Otra es la inversión en transporte y logística para mejorar la conexión entre las zonas productivas, los mercados y los puertos.
También resulta relevante ampliar el acceso al financiamiento, profundizar la innovación y la biotecnología y avanzar en una mayor integración comercial mediante nuevos acuerdos.
El escenario internacional ofrece oportunidades para ampliar las exportaciones argentinas, pero también plantea mayores exigencias. El crecimiento del comercio estará acompañado por requisitos más estrictos en materia ambiental, sanitaria y tecnológica, lo que vuelve necesario adaptar la producción y las condiciones de competitividad del país a las nuevas demandas.









