Los encargados de marcar los goles fueron Erling Haaland, Jérémy Doku y Rayan Cherki, quienes lograron los tantos en el segundo tiempo. Sin embargo, el resultado final no llegó a reflejar del todo el desarrollo del partido, que fue más disputado de lo que indica el marcador. Liverpool, impulsado por el apoyo de su público, logró disputar la posesión del balón y la iniciativa al líder de la Premier League. Esto fue especialmente evidente al inicio del complemento, momento en el que llevó el juego hacia el arco del Manchester y obligó a Gianluigi Donnarumma a intervenir en varias ocasiones con atajadas cruciales que mantuvieron su arco sin goles. Mac Allister, fue una de las figuras destacadas en ese tramo del partido, aportando un despliegue notable, recuperando balones, distribuyendo el juego y llevando a los Reds hacia adelante. Sin embargo, la dinámica cambió drásticamente con la tarjeta roja mostrada a Ryan Gravenberch, que dejó al Liverpool en desventaja numérica, afectando de manera significativa su equilibrio en el campo y permitiendo que el Manchester City encontrara los espacios que le habían sido esquivos hasta ese momento.
La primera diferencia se comenzó a gestar gracias a la capacidad goleadora de Haaland. El delantero noruego, siempre atento a cualquier rebote en el área, capitalizó una oportunidad generada por un rebote que dejó Mac Allister y con un remate certero venció a Alisson Becker, abriendo el marcador. Este gol desmanteló la resistencia del Liverpool y permitió que el City exhibiera todo su repertorio ofensivo. Posteriormente, Doku se sumó a la fiesta con un gol que llegó tras una inteligente maniobra que culminó en una definición al segundo palo, inalcanzable para el arquero brasileño. El cierre del encuentro quedó reservado para Cherki, quien participó en una espectacular jugada colectiva, que finalizó con una definición acorde a su calidad. Las tres anotaciones, todas en el segundo tiempo, transformaron un encuentro competitivo en una contundente goleada.
Enzo Fernández también dejó su huella en la tarde de Anfield. El argentino jugó un papel esencial en el mediocampo del equipo de Maresca, contribuyendo en la circulación del balón y ayudando a mantener la estructura del equipo, lo que fue crucial para que el Manchester no perdiera la paciencia en los momentos en que el Liverpool se acercaba a la anotación. La actuación de Fernández fue buena, caracterizada por intervenciones inteligentes y una presencia constante en la creación del juego. Salió reemplazado a los 35 minutos del segundo tiempo, cuando el partido ya estaba encarrilado a favor del Manchester. Por el lado del Liverpool, Mac Allister también tuvo un papel relevante, especialmente por su despliegue físico y su influencia en los mejores momentos del equipo. Sin embargo, la expulsión de Gravenberch condicionó su actuación, la cual merecía un desenlace menos injusto.
El relato de esta victoria comenzó mucho antes del pitido inicial. Anfield era una caldera. Desde horas previas al encuentro, miles de hinchas del Liverpool coparon las calles adyacentes al estadio para recibir al Manchester City, haciendo ondear enormes banderas, encendiendo bengalas y lanzando un torrente de insultos. El ambiente estaba cargado de un condimento adicional: se trataba del primer partido del Manchester City desde que una comisión independiente lo declaró culpable de irregularidades financieras ocurridas entre 2009 y 2018. Las acusaciones que lo señalaban por inflar artificialmente sus ingresos y reducir costos en más de 900 millones de libras alimentaron la indignación y la creatividad de los fanáticos locales.
“¡Tramposos!” y “¡Al descenso!” fueron algunos de los cánticos que resonaron durante la llegada del micro del City, que tuvo que cambiar su ruta habitual para evitar problemas. Aunque no lograron evitar las provocaciones, esta vez se evitaron las escenas de violencia como las de 2018, cuando el autobús del equipo visitante fue atacado con botellas antes de un partido de la Champions League. En medio de este ambiente hostil, también se vieron banderas y productos alusivos al escándalo financiero, siendo una de las más destacadas una que mostraba a Pep Guardiola, exentrenador del City, vestido de prisionero, con la inscripción “114 cargos” y la palabra “culpable”.
Los hinchas visitantes, no obstante, también prepararon su respuesta. Fue algo tan insólito como colorido. La tribuna del Manchester City se llenó de bananas inflables, una tradición que se remonta a finales de los años 80, cuando el club no era aún la potencia que es hoy. Todo empezó en 1987, cuando un hincha de los Citizens llamado Frank Newton llevó una banana inflable al antiguo estadio Maine Road tras realizar una apuesta con un amigo. Su ocurrencia se volvió viral y se transformó en un distintivo de una hinchada que, en tiempos de crisis, encontró una manera de divertirse a pesar de sus penurias.
Esa moda también se asoció a Imre Varadi, un delantero que inspiró el juego de palabras “Imre Banana”. Durante una época en la que el fútbol inglés lidiaba con la violencia del hooliganismo, los aficionados del City comenzaron a llenar las gradas con bananas y otros objetos inflables. Casi cuatro décadas después, esta tradición resurgió en Anfield como un símbolo de resistencia, recordando que el Manchester City tenía una historia que precedía a la llegada de los capitales de Abu Dhabi en 2008 y que su legado no comienza únicamente con los millones ni los trofeos.
El contraste en las tribunas fue sorprendente. Mientras los hinchas de Liverpool clamaban por un castigo ejemplar y se burlaban ante la posibilidad de que el City descendiese, los visitantes agitaban sus bananas y se reían de una amenaza que, para un club que atravesó divisiones inferiores, no resulta completamente ajena. Era una batalla de símbolos, un cruce de cargadas y recuerdos que se desarrollaba en el ambiente mientras los futbolistas se preparaban para disputar uno de los partidos más anticipados de la temporada.
Cuando llegó el momento de la verdad, el equipo de Maresca demostró su capacidad de juego y efectividad. Supo sufrir cuando el Liverpool lo presionó, hallando en Donnarumma un soporte vital, y aprovechó la superioridad numérica para cerrar el encuentro con una contundencia letal. No fue una victoria obra de un dominio absoluto, sino basada en la capacidad de resistir primero y luego golpear con eficacia. Esta virtud también caracteriza a los equipos que aspiran a competir en la cúspide.
El Manchester City volvió de Anfield con su paso perfecto intacto y cifras que asombran: seis partidos, seis victorias, 16 goles marcados y solo cinco en contra. Por su parte, el Liverpool se quedó con la frustración de haber competido de igual a igual hasta que la expulsión lo dejara sin respuestas. Los hinchas visitantes se marcharon celebrando, entre bananas inflables, como si el tiempo hubiera retrocedido casi cuarenta años. Con una diferencia considerable: aquel City que supo reír ante sus desgracias, hoy también sabe ganar. Y no cesa en su búsqueda de la victoria.









