La respuesta a su interrogante llegó a través de una historia familiar que había permanecido en el olvido por años. Su abuelo materno, Nicolás Aicardi, había emigrado de Génova con el propósito de establecerse en Argentina como vitivinicultor. Aunque ese sueño no se concretó, la conexión con el vino persistió en la familia, y Rohde finalmente decidió rescatar esa tradición.
La decisión definitiva surgió durante un viaje de trabajo en Perú. Al recibir un aviso bancario que contenía su apellido completo, Rohde Aicardi, recordó a su abuelo y la herencia no cumplida en el campo vitivinícola.
Ese recuerdo se unió a otra pasión personal: a lo largo de los años, exploró el sur argentino y desarrolló un profundo aprecio por la estepa patagónica.
A los 58 años, tomó la valiente decisión de dejar atrás su carrera en el ámbito corporativo para embarcarse en un nuevo desafío. Junto a su esposa, Lucy Ramos, adquirieron tierras en San Patricio del Chañar, un destacado centro vitivinícola en Neuquén, y fundaron Familia Aicardi.
El cambio no fue fácil. Aunque Rohde contaba con conocimientos sobre vinos por su trabajo y sus viajes, carecía de experiencia en el manejo de viñedos. Reconoce que tuvo que aprender desde cero y adaptar su enfoque a los factores naturales, como el tipo de suelo, el clima, la humedad y los ciclos de crecimiento de las plantas.
El proceso requirió tiempo y esfuerzo. Pasaron varios años antes de que comenzara a cosechar uvas con las características deseadas, y asegura que la satisfacción completa llegó mucho después. Hoy, su finca abarca 17 hectáreas de vides y produce alrededor de 130.000 kilos de uva anuales; una parte se destina a la producción de sus propios vinos, mientras que el resto se comercializa a otras bodegas de la región.
La estepa patagónica presenta desafíos, pero también brinda ventajas. La baja humedad, las amplias variaciones de temperatura y el viento constante ayudan a disminuir la incidencia de enfermedades, contribuyendo así al desarrollo de uvas con pieles más gruesas y buena concentración.
Rohde incorporó en su trabajo muchas de las lecciones aprendidas a lo largo de su carrera. La finca utiliza sensores de humedad, una estación meteorológica y sistemas de riego por goteo, lo que permite una intervención más precisa. La tecnología, lejos de ser un obstáculo, se ha convertido en una herramienta valiosa para entender mejor el rendimiento del viñedo.
La producción ha ido en aumento de manera gradual. Familia Aicardi comenzó con unas 3.000 botellas y actualmente varía entre 40.000 y 45.000 unidades anuales. La meta es alcanzar unas 80.000 botellas en los próximos cuatro años, ya que la capacidad del viñedo permitiría cultivar suficientes uvas para alcanzar aproximadamente 100.000.
Además, desde un principio, Rohde tomó una decisión comercial estratégica: aproximadamente la mitad de la producción debería exportarse para disminuir la dependencia del mercado local. En la actualidad, sus vinos se distribuyen en Brasil, Perú, Estados Unidos y varios países europeos, y la bodega cuenta con certificación kosher para acceder a nichos específicos del mercado.
Con el proyecto en expansión, Rohde contempla una nueva etapa. Tiene seis hijos, y dos de ellos han mostrado interés en continuar con la bodega, lo que considera fundamental en una actividad donde la continuidad familiar es especialmente relevante.









