Sus padres, Eugenia y Agustín, decidieron esperar hasta después del mediodía para salir de su hogar en el barrio Villa Don Orione, ubicado a la altura del kilómetro 15 de la avenida Bustillo, dado que las temperaturas más cálidas mejoran las condiciones para transitar, especialmente en una época donde las heladas dificultan el camino. La casa se encuentra en una pendiente junto al lago Nahuel Huapi.
“Eran alrededor de las 13.15. Para salir de casa hay que retroceder desde el estacionamiento y luego subir una empinada pendiente”, comenta Agustín. Eugenia añade que el camino está bordeado de árboles y un barranco que desciende hacia el agua: “Subís un poco, luego hay un ligero plano hacia el portón. Es un trayecto habitual para nosotros, hemos salido en condiciones similares muchas veces, casi siempre con un vehículo 4×4”.
Al no poder iniciar el descenso, Eugenia se ocupó de despejar la nieve, mientras Agustín también limpiaba el camino para refrescar la huella. Aunque había algo de nieve en las partes más altas, esto normalmente no representaba un problema. Sin embargo, durante la maniobra, el auto comenzó a deslizársele hacia un costado a Eugenia, que estaba al volante con Fidelina en su asiento de seguridad, mientras Agustín daba instrucciones desde abajo.
“Ella dejó de acelerar y trató de estabilizar el vehículo”, recuerda Agustín. Eugenia intentaba retomar el control del auto y volver a la huella que la llevaría de regreso, pero el vehículo patinó y la rueda trasera derecha cayó en el barranco, donde había más vegetación.
“Me di cuenta de que estábamos por volcar. Fide me gritó ‘¡Mamá!’ como si me reclamara. Le dije que no se preocupara, que todo estaba bien. Luego empezó a dar vueltas, alrededor de cuatro o cinco. Yo me aferré al volante, pensando en que algún árbol nos detendría, pero eso no ocurrió. Y caímos al agua. Tenía la ventana abierta para comunicarnos con Agustín. El auto se llenó de agua muy rápidamente, todo se oscureció. Despaché mi cinturón, busqué a Fide, pero no la hallé”, narra Eugenia entre lágrimas.
El vehículo se encontraba a 25 metros de profundidad. La madre luchaba por contener la respiración: “Sentía que debía salir para no ahogarme. Sabía que si yo no sobrevivía, Fide no estaba viva. También pensé, en un instante, que tendría que cargar con esa decisión durante toda mi vida”. Logró salir por una ventana y nadó, al menos, siete brazadas hasta vislumbrar un poco de claridad. A pesar de las varias capas de ropa y botas que llevaba, la salida le resultaba dificultosa. Se aferró a una roca y comenzó a gritar. “No pedía ayuda, solo grité porque no podía creer lo que estaba sucediendo. Consideré volver, pero no tenía sentido”, añade.
Agustín presenció la escena del auto caer en cámara lenta. Llamó a una vecina para solicitar ayuda y recordó que tenían una tabla de stand up paddle al costado de la casa, la arrojó por la barranca y en ese instante escuchó el llanto de Eugenia. “Comprendí que estaba sola. Descendí, nos subimos a la tabla y vimos flotar las botitas y el casco”, relata con llanto.
Eugenia estaba en estado de hipotermia, por lo cual regresaron a la casa, debiendo patear la puerta debido a que no tenían la llave. Informaron a los padres de Eugenia, quienes residen cerca, y se dieron una ducha caliente antes de ser trasladados al Sanatorio San Carlos. Mientras tanto, en su hogar permanecieron la madre de Eugenia y el propietario de la propiedad, a la espera de la llegada de la Policía, la Prefectura y la Fiscalía.
Cuando les comunicaron que los buzos habían hallado el cuerpo de Fidelina, decidieron darse de alta por voluntad propia. Se dirigieron al camping Cirse para despedirse de ella. Al rememorar ese momento, encuentran algo de consuelo al saber que no estaba lastimada, que no comprendió la magnitud de lo que ocurría y que su desenlace fue rápido. “Le prometí vivir lo mejor posible, disfrutando al máximo, que los momentos vividos con ella siempre me acompañarán”, afirma Agustín.
Recibiendo el apoyo de sus familias y amigos, muchos de los cuales llegaron desde Buenos Aires, Eugenia y Agustín eligen recordar la vida feliz de Fidelina. Tienen la certeza de que brindaron mucho amor y energía como padres, de que fueron una familia amorosa y que Fidelina irradiaba felicidad. “Pensar en ella me da paz. La visualizo sonriente y hermosa”, dice Eugenia.
Asimismo, planean una ceremonia de despedida alegre en la playa con amigos y familiares, buscando honrar la vida de Fidelina, abrazarse y “arrojar piedritas al agua, como ella disfrutaba”. También aspiran a recuperar pertenencias de su hija, pidiendo a la comunidad que quienes encuentren objetos en el lago se los hagan llegar.
Con profundo dolor, Eugenia y Agustín se apoyan mutuamente y encuentran consuelo en la hermosa vida que compartieron con su hija. “No siento tristeza por lo que le faltó vivir. Sé que tuvo lo que todo niño necesita: nuestro amor infinito, nuestra presencia. Era una niña extremadamente feliz”, reafirma Eugenia. En estos momentos, se aferran al “paso a paso” y al “vamos viendo” para lidiar con la tragedia.
Ayer, en el día más desafiante de sus vidas, Eugenia escribió: “Deseaba mostrarle el mundo tal como lo percibo, con sus maravillas y también sus injusticias. Y así lo hice. A su corta edad, pudo comprenderlo bastante, con sus preguntas y más preguntas. Disfrutó la montaña, el bosque, la nieve, el lago. Fueron tres años compartidos que lo fueron todo. Te amo, hija. Fuiste brillante y seguirás brillando en el recuerdo de todos los que te conocieron.”









