El 21 de junio de 1964, tres jóvenes activistas, a bordo de un Ford Fairlane azul, fueron emboscados en una carretera del condado de Neshoba. Primero, un vehículo de la policía los detuvo; luego, dos automóviles más se unieron a un grupo de hombres blancos que los sacaron a la fuerza del auto y los golpearon brutalmente. Michael Schwerner, un judío de 24 años de Nueva York, recibió un disparo en la cabeza, seguido del mismo destino por Andrew Goodman, de 20 años. El tercero, James Chaney, un joven local de 21 años, sufrió un ataque más salvaje antes de ser finalmente abatido.
Las investigaciones del FBI posteriormente revelaron que uno de los atacantes, Alton Roberts, se burló de Schwerner y lo acusó de ser un “amante de negros” antes de dispararle. La masacre, que no duró más de 60 minutos, dejó a los tres jóvenes muertos, dejando tras de sí una estela de terror.
Los tres hombres eran parte del CORE, un grupo que luchaba por la igualdad racial y promovía la educación y el acceso al sufragio para los afroamericanos, en un sur profundamente segregado y racista. Su activismo representaba una continuación de la impronta que el presidente John Kennedy había dejado en la política, impulsando a una nueva generación hacia la lucha por sus derechos. Kennedy había sido un ferviente defensor de los derechos civiles, pero su asesinato en noviembre de 1963 pareció reavivar el fervor racista en el sur.
Un año antes de los homicidios, Kennedy había instado a la nación a enfrentar la cuestión de la desigualdad racial, planteando que se trataba de una cuestión moral. No obstante, la violencia se intensificó después de su muerte, y grupos como el Ku Klux Klan volvieron a actuar abiertamente, mientras que las autoridades a menudo hacían la vista gorda ante los actos delictivos perpetrados por estos grupos.
Los asesinos, una banda de diez personas, escondieron los cuerpos en una granja local. Intentaron desviar la atención de sus crímenes y manipular pruebas mientras se sentían seguros de que no enfrentarían consecuencias. Su desprecio por la vida y los derechos de los afroamericanos evidenció el ambiente de complicidad entre las fuerzas del orden y los supremacistas blancos.
Días después de su desaparición, el escándalo sobre la falta de acción policial por parte de las autoridades fue denunciado, alertando al país sobre la brutalidad del racismo en el sur. El procurador general Robert Kennedy presionó al FBI para intensificar la búsqueda de los desaparecidos, movilizando a más de 200 agentes y tropas de la Guardia Nacional en un esfuerzo por hallar justicia.
La situación culminó con el Congreso aprobando la Ley de Derechos Civiles el 2 de julio de 1964, una legislación por la que tanto había luchado el presidente y su hermano. Sin embargo, el camino hacia la justicia continuó siendo arduo. El FBI encontró los cuerpos en agosto, y aunque el Departamento de Justicia acusó a 19 personas de violar los derechos civiles, las condenas fueron mínimas y muchos de los involucrados evadieron una justicia efectiva.
El juicio que siguió fue un fiasco, con un jurado mayoritariamente blanco que, pese a las pruebas, pudo absolver a la mayoría de los acusados o no llegar a un veredicto. Sin embargo, el hecho de que algunos fueran finalmente condenados fue visto como un avance en la lucha por los derechos civiles.
A pesar de las múltiples luchas y tragedias que marcaron esta historia, el legado de Schwerner, Goodman y Chaney perdura. En 2014, el entonces presidente Barack Obama reconoció su sacrificio al otorgarles la Medalla Presidencial de la Libertad.









