Los chatarreros son parte de una tradición en Argentina que, a pesar de la crisis actual, persiste. Cada día, recorren las calles atentos al llamado de algún vecino o a los objetos desechados. Su labor es impulsada por una necesidad perentoria y la esperanza de hallar metal que les permita llevar alimento a sus hogares. Para ellos, la chatarra que otros desestiman se convierte en un valioso recurso.
Estos trabajadores son el primer eslabón de una cadena que, aunque no siempre es visible, abarca depósitos, compradores de metales y carpinterías. Su actividad transforma caños oxidados, electrodomésticos en desuso y residuos en materia prima esencial para grandes industrias.
Uno de ellos es Raúl Daniel Candal, un chatarrero de 60 años que lleva esta actividad en su sangre. Su camioneta bordó lo lleva a recorrer Barracas, San Telmo y La Boca desde Avellaneda, donde es conocido por todos. No obstante, el contexto actual hace que su labor sea complicada; “El botellero decente tiene hambre”, apuntó, aludiendo a la dura realidad que enfrenta.
Raúl comenzó en este oficio gracias a su padre, quien era botellero. Tras finalizar el colegio, su padre le preguntó cuál era su aspiración y él respondió: “yo quiero ser botellero, como fuiste vos en tu tiempo”. Así, comenzó su recorrido con un carro tirado por un caballo, recogiendo cualquier cosa que pudiera encontrar.
Las décadas han pasado, pero la necesidad se mantiene. Este trabajo se ha convertido en un constante malabarismo: sale a las seis de la mañana sin garantías de que lo que logre recaudar cubra el costo del gasoil. Generalmente, regresa a casa entre las tres y cuatro de la tarde, obteniendo a veces ganancias de entre 40.000 y 50.000 pesos para sustentar la comida y el transporte; en días no tan buenos, apenas tiene lo suficiente para alimentarse.
La responsabilidad de su familia recae sobre sus hombros, y al hablar de ellos, su cansancio parece disiparse, iluminándose su mirada. Se enorgullece de que sus hijos continúen la tradición familiar también en la chatarrería, cada uno con su propia unidad.
Raúl adquiere metales, bicicletas, baterías en desuso y electrodomésticos rotos, los cuales luego vende en diferentes depósitos, un proceso que viene con fluctuaciones en los precios: “El sueldo de nosotros va variando. Hoy ganas un montón de plata, mañana no ganas nada”, explicó.
Pese a las extensas jornadas y la incertidumbre, la recolección de chatarra es más que un medio para llegar a fin de mes para Raúl: “Para mí es una pasión, porque otra cosa no sé hacer”, reconoció, dejando claro que su vida en la calle forma parte de su identidad.
En Gregorio de Laferrere, Luis Ángel “Pata” Lamas gestiona un depósito de chatarra. Su realidad no se mide por kilómetros recorridos, sino por las toneladas de plástico y metal que recoge con otros dos compañeros. “No abarcamos mucho, sino poquito nomás, como para sobrevivir”, aclaró Luis, rodeado de costales llenos de plásticos y carcasas de televisores listos para ser procesados.
Luis comenzó en el rubro en su adolescencia, recordando que inicialmente viajaba con una carretilla y luego con un carro. Su jornada va de lunes a sábados, de 8 a 17 horas, aunque no sale a cazar materiales por falta de vehículo; recibe todo de camioneros que descargan en su depósito. Allí, se ocupa de clasificar materiales reciclables y devolver lo que no sirve. Su experiencia le permite identificar rápidamente el tipo de material con solo tocarlo, sabiendo que un error podría arruinar un lote entero: “Si vos molés bazar, que es el electrodoméstico, junto con otro plástico, el polvillo de uno contamina al otro y ya no sirve para nada”, comentó.
En su lugar de trabajo, no manejan metales de alto valor económico como el cobre o el bronce debido al capital necesario, por lo que se centran en plásticos y fierros. Aunque el ingreso puede rondar el millón de pesos mensuales entre los tres trabajadores, la estabilidad es un lujo escaso.
Los inspectores representan otro desafío: han enfrentado amenazas de clausura o multas por supuesta contaminación. Luis se muestra incrédulo: “Dicen que todo esto contamina -por la chatarra- pero si vos lo tenes en tu casa, no contamina. Algo que no cabe en lo que dicen”.
La informalidad del trabajo es otra de las problemáticas; sin un respaldo médico, cada accidente debe ser pagado de su bolsillo. Además, carecen de un gremio que los defienda, y la jubilación es un concepto lejano para ellos, dejando su labor como un “pan para hoy” lleno de incertidumbres para el futuro.
Marcelo, propietario de una fundición de aluminio, comparte su experiencia en el sector, comprando metal a los depósitos, fundiéndolo y enviándolo a las extrusoras. En estas se fabrican perfiles que luego se comercializan a las carpinterías para crear puertas, ventanas y nuevos muebles. El proceso comienza con la recolección y clasificación de la chatarra, donde los materiales se separan en plásticos, hierros, cobre, y aluminio, entre otros.
Aunque no tiene un contacto directo con los chatarreros, describió a quienes trabajan en la calle como “una raza complicada, indescifrable”, y los depósitos como los que obtienen las mayores ganancias en esta cadena. “Los que levantan en la calle por lo general levantan lo que la gente se saca de encima porque molesta. Y ganan bien pero no se salvan; dependen mucho de la lotería de lo que la gente saca”, añadió.
Hoy, el precio del aluminio oscila entre 3.000 y 3.500 pesos por kilo, dependiendo de factores como la calidad, forma de pago y cantidad.
El ciclo que inicia con un objeto desechado por un ciudadano, como un mueble roto, puede culminar en la creación de un nuevo objeto a partir de esos metales reciclados. Los carpinteros, mediante un sistema de fabricación a medida, convierten la chatarra en muebles modernos, partiendo de lo que otro desechó.
Es importante resaltar que el aluminio, al ser un material sumamente ligero, posee un valor económico y eficacia mucho más altos que metales ferrosos, razón por la cual se elige comúnmente como materia prima para nuevos muebles.
Anualmente, se recuperan entre 35.000 y 45.000 toneladas de aluminio, aunque es difícil estimar cuántos de esos kilos provienen de la labor de chatarreros en el mercado informal.








